Hijo
mío, no emprendas muchas cosas a la vez; si son demasiadas, te perjudicarás;
aunque corras, no las conseguirás y no podrás librarte más de ellas. Hay quienes se fatigan en el trabajo, se agotan
y se atormentan y se encuentran más pobres que antes. Otros son débiles y vulnerables, sin recursos
y carentes de todo, pero el Señor los mira con ojos favorables. Los saca de su abatimiento y les hace
levantar la cabeza, a tal punto que
muchos se maravillan de ello.
Prosperidad
y mala suerte, vida y muerte, pobreza y riqueza, todo viene del Señor. Los que son fieles pueden contar con la
generosidad del Señor, su benevolencia los guiará siempre.
Piensa
en la suerte de un hombre que se ha enriquecido a fuerza de cálculos y de
economías. A lo mejor se dice a sí
mismo: Tengo bien ganado el descanso, ya puedo vivir con lo que he
adquirido. Pero no sabe el tiempo que le queda, morirá y se lo dejará
todo a otros. Sé fiel a tu trabajo,
conságrale tu vida y continúa con tu labor hasta tus días de ancianidad.
No te
escandalices por el éxito de los pecadores, pon tu confianza en el Señor y
persevera en tu labor. Es fácil para el
Señor hacer rico al pobre en un instante.
La bendición del Señor recompensará a sus fieles de repente, sin hacerse
anunciar, trae sus frutos.
No
digas: ¿Qué me falta, qué más podría tener o desear? No digas: tengo todo lo que necesito, ¿qué
desgracia podría ocurrirme ahora? En los
días buenos se olvida uno de los malos, en los días malos no se acuerda más de
los buenos.
La
hora de la prueba hace olvidar todos los placeres, al acabarse la vida de un
hombre es cuando sus acciones se aprecian.
No
proclames feliz a nadie, mientras la persona no esté muerta, la conoceréis solo
al final.
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