El
corazón del hombre se refleja en su rostro, para bien o para mal. ¿Tiene el rostro radiante? Es porque le va bien en todo. ¿Encontró palabras de sabiduría? Es porque reflexionó el sufrimiento.
¡Feliz
el hombre que no pecó con sus palabras y que no arrastra el pesar por sus
faltas! ¡Feliz aquel que no es condenado por su conciencia y que no renunció a
su ideal!
A un
hombre mezquino no le conviene la riqueza: ¿Para qué le van a dar muchos bienes
a un avaro? El que junta privándose de
todo, junta para otro: otros disfrutarán de sus bienes.
Si
alguien es malo consigo mismo, ¿para quién será bueno? Ni siquiera goza de lo que tiene. No hay nadie más malo que el que es malo
consigo mismo: su maldad se vuelve contra él.
Si hace el bien será por casualidad, pero al final reaparecerá su
maldad.
El
hombre que siempre está ambicionando es un malo; no le interesan las personas,
desprecia a los demás. El hombre
insaciable no está nunca satisfecho, la codicia le seca el corazón. El envidioso codicia el alimento de su
prójimo; miseria y hambres se sentarán a su mesa.
Haz
buen uso de todo lo que tengas, y preséntale al Señor ofrendas generosas.
Acuérdate
que la muerte no tardará, y que tu hora no te ha sido aún revelada.
Antes
de morir haz el bien a tu amigo, sé generoso según tus medios. Disfruta de la vida y no desdeñes un gusto
legítimo si se te presenta en el camino.
¿Dejarás a otro el fruto de tu trabajo?
Se repartirán a la suerte el fruto de tus sacrificios.
Da y
recibe, satisface tus anhelos, porque no
se puede buscar el placer en el sepulcro. Todo lo que vive envejece como un vestido; es
la ley eterna: ¡tú morirás!
Mira
el verdor de un árbol frondoso: unas hojas caen y otras aparecen; de igual
manera las generaciones de carne y hueso, una muere y la otra nace. Las cosas finitas pasan y con ellas pasa el
que las hizo.
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