La suprema felicidad de la vida es saber que eres amado por ti mismo o, más exactamente, a pesar de ti mismo. Saber que puedes dar amor sin poner condiciones porque el amor es espontáneo, es generoso.
La felicidad es estar haciendo algo grande con la vida, respetando y aceptando a los demás tal como son. Cuidando la naturaleza como el tesoro que Dios nos confió para protegerlo y disfrutarlo.
La
felicidad no consiste en desear tantas cosas sino en ser libre y vivir con las
pocas cosas que se tiene, porque el que no considera lo que tiene como la
riqueza más grande, es desdichado aunque sea dueño del mundo. La felicidad no consiste solo en tener, sino
en ser. Cristo
nos enseña cómo la felicidad no depende de lo que el hombre tiene, sino de lo
que es. La
felicidad no consiste en apropiarse de todo sino compartir todo.
La
felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte, que
pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los
días. La felicidad depende, como muestra
la naturaleza, menos de las cosas exteriores y más de las interiores.
El
secreto de la felicidad no está en hacer siempre lo que se quiere, sino en
querer siempre lo que se hace, porque la dicha de la vida consiste en tener
siempre algo que hacer, alguien a quien amar y alguna cosa que esperar.
La
felicidad de hoy. No es grano de trigo
para ser almacenado. Debe cosecharse,
disfrutarse y compartirse. Porque la
felicidad es como el beso, hay que compartirse para disfrutarlo.
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