Qué
bonito el día cuando se levanta uno por la mañana y podemos exclamar, tengo
veinticuatro horas, como veinticuatro escalones, para ascender, para crear,
para crecer, para luchar, para forjar nuestro destino.
Porque
cada amanecer es un milagro de Dios en donde se nos permite apreciar y gozar de
las maravillas de la creación.
Es
muy justo entonces reconocer la gracia y bendición del Creador, rendirle culto
y adoración por el destello del sol, por el fulgor de las estrellas, por el
brillo de la luna, por el trinar de las aves y la melodía del viento, por la
naturaleza toda, pues esta es la herencia que Dios no da para que la cuidemos
con bondad.
Encendamos
entonces la antorcha de la fe y del optimismo y caminemos los senderos que nos
llevan, hacia nuestros ideales, no detengamos ni miremos hacia atrás. Dejemos nuestras propias huellas como
forjadores de nuestro destino, como hace el agricultor sabio que con su arado
deja surcos detrás de sí mismo y sigue abriendo surcos hacia adelante.
No
nos detengamos ni abandonemos la tarea hasta alcanzar la meta propuesta.
Aprovechemos
el tiempo que Dios nos regala, aprovechémoslo a plenitud, cuidándolo como al
más bello tesoro, pues si este se va no regresa jamás.
Aprovechemos
el tiempo y demos gracias a Dios, pues el único tiempo que tiene valor es el
que lo dedicamos a Dios y a los demás.
Pues el tiempo es una moneda de gran valor que se puede convertir en
muerte, puede ser una bancarrota o puede comprar el cielo y hasta Dios, depende
de cómo lo utilicemos.
Por
eso cuando estemos cansados y tentados a abandonar nuestra misión oremos al
señor esta oración “SEÑOR, CUANDO MI CUERPO ESTÉ CANSADO Y ME SIENTA ABATIDO Y
CREA QUE YA NO PUEDA MÁS, LEVÁNTALO CON ESTE GRITO: CUERPO MEZQUINO Y CANSADO,
ESPÍRITU AMEDRENTADO Y DEBIL A DEVOLVER AL SEÑOR, CUANTO EL SEÑOR TE HA DADO”.
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