Esta
invitación tiene una fuerza especial pues seguramente evoca en cada uno
pensamientos y sentimientos diversos. Parece venir de alguien con un corazón
alegre y que tiene un motivo grande, casi una necesidad, de celebrar algo o,
mejor aún, a alguien. Y es que para celebrar no basta ponerse un vestido de
fiesta sino tener en el corazón una razón grande para organizar una gran
celebración que, para que sea bella y completa tiene que atender tantos
detalles.
La
expresión bien podríamos ponerla en labios de cualquier persona con espíritu
festivo, pero es el Señor Jesús mismo quien la pone en labios del padre de la
parábola del hijo pródigo, para hablarnos y hacernos conocer el Corazón de su
Padre y Padre nuestro. ¡Hagamos una fiesta porque mi hijo vive! (Lc 15, 23).
Además nos muestra a este padre como un padre que se enternece hasta las
entrañas, que corre hacia el hijo, que abraza, que besa, que quiere, sabe hacer
fiesta y organizarla: ¡Es un Padre alegre y festivo que sabe celebrar el Amor!
Por eso, aun
sabiendo que hay tanto mal en estos momentos en nuestro mundo, nos conforta
saber que: “…donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rom 5, 20). Así
pues, tenemos motivos suficientes para celebrar: ¡Los motivos de Dios! Nuestro
carisma ha salido de su Corazón, nos comunica la vida y la misión de Jesús por
medio del Espíritu Santo: “Él me dará gloria porque recibirá de lo mío y se lo
explicará a ustedes. Todo lo que tiene el Padre es mío, por eso les dije que
recibirá de lo mío y se lo explicará a ustedes (Jn 16, 14s). Y también nos dice
María de Guadalupe, nuestra Madre: “Oye y ten entendido, hijo mío, el más
pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige, no se turbe tu corazón… ¿No
estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud?
¿No estás por ventura en mi regazo, qué más has menester?”
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